Ruedas de molino – Luis Acebal

Mi pasado post (del 9 de septiembre) sobre el “Nacionalismo Imperial-Españolista” me ha traído cantidad de ecos, confieso que en general positivos.
Entre ellos el de mi gran amigo, filósofo y escritor, Augusto Klappenbach, quien para confirmar su acuerdo conmigo me adjuntaba el texto de un artículo suyo, publicado ya en el diario PÚBLICO el 21 de febrero pasado.
Me ha parecido tan interesante, y tan convergente con lo que modestamente yo exponía, que me he decidido a colgarlo aquí, no sin antes haber solicitado, y obtenido, la autorización del propio Augusto, y de PÚBLICO. Ahí va, pues:

“PATRIOTISMO”
Un fantasma recorre Europa: el fantasma del patriotismo. El Gobierno de Francia quiere “cultivar el orgullo de ser francés”. Después de abrir un gigantesco debate público sobre la esencia de ser francés, ha reunido un comité de sabios para dilucidar tan espinoso asunto, además de promover entre los estudiantes el canto de La Marsellesa y colocar banderas en las escuelas.
Tal euforia patriótica probablemente tiene que ver con la masiva llegada de inmigrantes y, sobre todo, con el hecho de que ya no son necesarios por el aumento del paro. Para ellos se han endurecido considerablemente las condiciones que les permiten vivir en nuestra Europa: en varios países se les exige superar un examen, que no se limita al dominio del idioma, y firmar un contrato de integración. En Italia se pretende implantar un carné por puntos que, entre otras condiciones, exige estar al día en el pago de impuestos, condición que, por fortuna, no se le pide a su presidente. Y en España no faltan voces que propugnan medidas similares, como las que surgieron a raíz de la negativa de un pueblo catalán a empadronar inmigrantes sin papeles.
Creo que el patriotismo es absolutamente respetable y hasta necesario como sentimiento: la relación afectiva que nos une con el lugar donde hemos pasado la infancia, donde hemos estudiado y nos hemos enamorado, donde vive mucha gente a la que queremos, es propia de toda persona sensible. Me parece sano preocuparnos por lo que sucede en nuestra patria, alegrarnos con sus éxitos y sufrir con sus desgracias. Y en un plano más superficial también es normal que formen parte de nosotros una serie de costumbres, de lugares y hasta de olores y de comidas. Incluso respeto –aunque comparto poco– la emoción de ver ganar a un equipo de fútbol o un tenista nacional. Esos son sentimientos. Y los sentimientos no se discuten: pueden resultarnos agradables o desagradables, podemos compartirlos o rechazarlos, pero es imposible aducir razones que terminen con ellos o que los hagan surgir. Si a eso se le quiere llamar patriotismo, no vacilo en declararme patriota.
El problema se plantea cuando se pretende convertir a ese sentimiento en una virtud y sobre todo cuando se pretende que esa virtud sea obligatoria. Se supone entonces que la patria es una realidad en sí misma que no se reduce a un territorio, unas costumbres, un idioma y sobre todo a un conjunto de personas a las que queremos o que nos importan, sino que tiene una esencia propia, una realidad que no depende de la voluntad de los que vivimos en ella y que por lo tanto puede hasta pedir el sacrificio de vidas humanas, como ha sucedido tantas veces en la historia. Y como toda identidad se define por oposición a otras, tenemos ya el germen de la exclusión del extranjero, de la xenofobia y de la guerra.
Pretender extraer del sentimiento patriótico consecuencias excluyentes, sean estas políticas, jurídicas y sobre todo militares, me parece un signo de decadencia. Reconozco que ese sentimiento patriótico puede jugar un papel positivo en algunas situaciones: la superación de los absolutismos en la Europa moderna, con la creación de los estados nacionales, tuvo un fuerte componente patriótico. Como también lo tiene la resistencia de pequeñas naciones ante la opresión de grandes potencias. Pero en rigor, lo que se juega en estos casos no es tanto el patriotismo cuanto la lucha por la igualdad y la justicia, que ellas sí merecen el calificativo de virtudes, porque se refieren a las relaciones entre seres humanos y no a entidades abstractas.
En estos tiempos globalizados o posmodernos o como se les quiera llamar, me parece más urgente que nunca no caer en la trampa de anteponer el patriotismo a la justicia y a la igualdad. Porque el poder se va alejando cada vez más de los gobiernos de las naciones y pasando a una red de innumerables despachos anónimos que no pertenecen a ninguna patria, desde donde las grandes decisiones se toman sin necesidad de dar la cara, convirtiéndose por lo tanto en inmunes a toda crítica. Nada le conviene más a esos poderes anónimos que el hecho de que la gente esté entretenida reivindicando lenguas locales, banderas, estados nacionales y rótulos en uno u otro idioma, en lugar de plantearse la situación terrible en que está este pobre planeta, en el cual sólo una cuarta parte de sus habitantes come tres veces al día y dispone de medicinas y agua caliente. Y que hace años muestra una tendencia a aumentar la distancia entre quienes construyen la historia y quienes van quedando cada vez más fuera de ella. El patriotismo nacionalista, como postura política, como ideología, (insisto, no como sentimiento) reivindica lo peor del provincianismo. Y esto en un momento en que los problemas reales del mundo en que vivimos exigen más que nunca un enfoque universal, sobre todo porque recién ahora este enfoque es posible. Pero este es otro tema”.