Ruedas de molino – Luis Acebal

El género humano es su víctima, y  algunos mucho más

Sinceramente me asombro de que las noticias digan que la tragedia perdura porque China y Rusia vetan toda solución, como un hecho frío y empírico; si dijeran que el suelo está mojado porque ayer ha llovido.

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Cuando en 1945 el Tratado de San Francisco estableció la Carta de las Naciones Unidas todo el planeta se encontraba aterrorizado tras el holocausto, y la situación del  mundo ya no soportaba que unos países dominaran a otros. Se imponía la necesidad de garantizar en adelante la justicia y la igualdad.

Era urgente la puesta en marcha de los procesos de descolonización y a este particular se dedicaba una parte importante de la nueva Carta de la ONU.

En el mismo preámbulo de la Carta se afirmaba la decisión tomada por “nosotros los pueblos de la Tierra”. Resueltos se presentaban, entre otros,

- a preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra que dos veces durante nuestra vida ha infligido a la Humanidad sufrimientos indecibles,

- a reafirmar la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana, en la igualdad de derechos de hombres y mujeres y de las naciones grandes y pequeñas,

Del primero de estos dos elementos se derivaba la necesidad de crear un órgano de competencia universal encargado de garantizar la seguridad de los países: nacía el Consejo de Seguridad. No más “flagelo de la guerra”.

Del segundo se derivaban por un lado la afirmación de la dignidad de la persona y la igualdad de todos los nacidos (Declaración Universal de los Derechos Humanos), y por otro la descolonización, basada en la igualdad de las naciones, grandes y pequeñas (supresión del imperialismo).

La creación de las Naciones Unidas, después del fracaso de la Sociedad de Naciones en la entre-guerra, surgía como un sueño de felicidad.

Como parte de este sueño se materializaba el artículo 30 y último de la Declaración Universal de Derechos Humanos, que dice así:

Nada en esta Declaración podrá interpretarse en el sentido de que confiere derecho alguno al Estado, a un grupo o a una persona, para emprender y desarrollar actividades o realizar actos tendientes a la supresión de cualquiera de los derechos y libertades proclamados en esta Declaración.

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Llevo muchos años molesto con este artículo, entendiendo que las propias Naciones Unidas incurren en actividades contrarias a estos derechos y libertades, sustancialmente el de la igualdad.

¿Qué seguridad garantiza un Consejo donde se sientan Estados de primera y otros de segunda, pudiendo cualquiera de los de primera vetar cualquier acción en favor de la seguridad internacional cuando se oponga a algún interés suyo?

Muchos años sintiendo lo mismo, siempre calladamente, porque demasiado importante y urgente es recordar los 29 primeros artículos, todos los derechos tan poco respetados, todas las libertades, tan poco ejercidas.

Pero hay un momento en que uno no puede más: ¿qué tiene que ver la igualdad de las naciones con el veto de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad?

Y resulta que para revisar esta incoherencia no se planea el suprimir el veto, ¡sino que algunos otros países puedan adquirir la misma condición de miembros permanentes con veto!  ¡Vaya  reforma!

Como quiero que me pagues la millonada que me debes por las armas que te vendo necesito que sigas al frente de tu país, y si para eso tienes que asesinar a miles de tus ciudadanos, yo te protegeré. ¡Mientras tanto, vete usándolas, que el año que viene te vendo más!

De la contradicciones de la descolonización podremos tratar otro día.

Pero, de momento, ¿no merece la pena que, una vez más soñando utopías, los mortales de a pie levantemos la voz contra el escandaloso “derecho” de veto en el Consejo de Seguridad? ¡Y que lo hagamos por millones, en el mundo entero!

¿Alguien, después de 67 años de Naciones Unidas, puede citar un caso en que allí se haya emitido un veto sin que tenga detrás motivaciones vergonzosas, delictivas y gravemente enfrentadas con el espíritu inspirador de las mismas Naciones Unidas?

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Cualquiera podría decir: “pues destruyamos la ONU”.

El problema, digo yo, es que no tenemos otra cosa para tratar de entendernos y convivir en este mundo traidor, en este planeta que hemos tornado tan frágil.

Cierto que es utópico el reformar el Consejo de Seguridad.

¿Y poner a todos de acuerdo para que hagan una especie de ONU nueva y sin vetos no sería utopía más difícil todavía?

De momento voto contra ese veto. Las víctimas ya son miles Y siguen saliendo a la calle, seguros de que cada día decenas o centenas de ellos morirán. Es la atrevida humanidad sin nada que perder, asesinada mientras unos delincuentes de la política y del dinero imponen a golpe de veto el silencio en una torre de Nueva York.