Ruedas de molino – Luis Acebal

Comentando los comentarios, para debate

Agradezco su interés a Chus, Forza4, Aneke, Luis, Álvaro y Juanita. Leo vuestros comentarios a mi último post y necesito, para empezar, aclarar aspectos de lo dicho por mí, probablemente no tan bien expresado como debiera.

1. Cultura y política. Comprendo el nacionalismo (que acepto, aunque en general no me gusta) como el que se centra en elementos culturales (lengua, historia, costumbres, de esto habla Forza4). Estos pueden ser compartidos sin conflicto alguno con otros elementos culturales. Era el ejemplo de Judith (antes de enloquecerse como vegetariana), que yo fraguaba a partir de una observación de Amartya Sen.

En cambio he criticado al que llamaba “nacionalismo radical”, el que pretende que la identidad cultural tiene que abrigarse en una identidad política de poder soberano. Esta ambición política es la que a menudo se carga de pretensiones expansionistas, “imperiales”, es decir, de dominio sobre otros pueblos y territorios a los que desea someter privándoles de toda otra identidad que no sea la propia y UNICA identidad nacional. Considero y he explicado que esto es del género paranoico: algo enfermizo que empobrece y a degrada la propia identidad de quien lo profesa, además del daño de querer destruir identidades ajenas.

2. Mi objetivo básico era, pues, mostrar que el nacionalismo imperial-españolista es algo perverso y dañino, y denunciar el hecho de que sea corriente reconocer como nacionalismos a los periféricos más o menos independentistas y en cambio el imperial-españolista no sea sentido como tal nacionalismo, cuando lo es, y de los peores. Esta es una trampa en la que sociológicamente estamos cayendo la mayoría de los españoles.

3. Nuestros “nacionalismos periféricos” no están libres de aspectos imperiales, y pueden tener pretensiones paranoicas cuando contemplamos las perspectivas de sus radicales. Las encuestas dicen que no hay mayoría absoluta de independentistas y/o de quienes se reconocen como “solo” vascos o catalanes en los respectivos territorios. Pero sí que en ellos hay importantes minorías de nacionalismo radical, y de orientación imperialista sobre otros territorios.

Estos reductos minoritarios insisten en reivindicar poder sobre “els països catalans”, cuyos defensores a ultranza incluyen la actual Catalunya, más otros territorios de España: País Valencià íntegro (incluido Ademús),  partes del actual Aragón (Ribagorça, Llitera), Illes Balears y Pitiüses, junto con el Principado de Andorra, territorios actualmente franceses (Alta Cerdanya, Capcir, Complent, Fenolleda, Rosselló, Vallespir), y por fin un bocado de territorio italiano en Sardenya (l’Alguer).

En el otro ámbito aparece toda la amplitud de Euskal Herría con sus 7 territorios: Bizkaia, Guipuzkoa, Araba y Nafarroa Garaia (estos en la actual España) y Lapurdi. Nafarroa Beherea y Zuberoa en lo que de momento es Francia. Sobre la reivindicación identitaria y más o menos excluyente de tres, o cuatro, o los siete se debaten las dos conocidas almas del PNV.

Es cierto, pues, que estos ejemplos permiten ver que hay sectores de nacionalismos periféricos que comparten la perspectiva imperial, y lo es también que las campañas para convencer de esta “necesidad” identitaria llegan a prender hasta en capas importantes de la población inmigrante de origen español, que desde luego no compartían las identidades catalana o vasca, no digo en los siglos VIII a XIII, porque no estaban allí, sino ni siquiera en la primera mitad del XX, que tampoco estaban.

Hay, pues, elementos “imperiales” en los nacionalismos periféricos. Pero su viabilidad política práctica es escasa. Funcionan más bien como legitimadores “históricos” de reivindicaciones políticas, sea autonómicas o independentistas, frente al Estado español. Esas pretensiones de expansión imperial-nacionalista catalana en la Occitania mediterránea, o vasca en Aquitania, lo que permiten es llenarse las boca retórica para reinvertirla a favor de la batalla “soberanista” o al menos autonomista en nuestro debilitado Estado Autonómico, casi federal.

En los aspectos “imperiales” de los nacionalismos “periféricos” me he detenido obviamente sobre Cataluña y Euskadi. En los nacionalismos gallego y canario no se detectan ambiciones expansionistas ni imperiales, sino pura reivindicación de reconocimiento de la identidad propia, que puede llegar al planteamiento independentista, aunque sin embarcar a otros en aventura política alguna. No es Galicia quien busca dominar en Portugal, ni viceversa.

4. Nacionalismos excitados. En cambio, el papel político y social del nacionalismo imperial-españolista es bien distinto. Para empezar, funciona como estimulante de los nacionalismos periféricos. Es paradoja, pero es. Muchas veces he repetido que pocos han hecho tanto para estimular la agresividad de los nacionalismos vasco y catalán como el General Franco y su Régimen.

A veces, en esa longitud de onda, me he preguntado qué hubiera sucedido si desde 1939 el Régimen franquista, a guisa de ejemplos, hubiera prohibido la copla y el baile flamenco, fustigando el habla y estilo andaluz. En el ambiente que hubiera creado esa presión y opresión habría vivido tu familia, Aneke, que tan lógica y cómodamente te sientes ahora española, andaluza y sevillana. La Feria habría sido suprimida, las escuelas de baile habrían estado proscritas, las películas andaluzas se harían en el extranjero y en España estarían censuradas, la fiesta de El Rocío estaría sometida a vigilancia estrecha, estilo Montserrat, etc. El “¡Viva Andalucía Libre e Independiente!” que escuché a un amigo en una reunión de la oposición clandestina (en Casares, homenaje a Blas Infante, 1975 o 76), este grito me llamó la atención, como un delirio sin base alguna real. “¿Este de qué va?”, pensé. Era la misma época en que sobre la fachada del Ayuntamiento de Ronda se extendía en una enorme pancarta la reivindicación integrada y concurrente de Andalucía, España, y “la Humanidad”. Esto tampoco lo olvidaré. Era bien diferente. Pues en el supuesto re4presivo que poníamos el grito de Casares hubiera cobrado sentido histórico para complicar más tarde la vida de Aneke.

Pues bien, eso que Franco NO hizo en Andalucía, fue política habitual en Cataluña y Euskadi. Por eso en Andalucía no se plantea nuestro problema y en los otros dos lugares sí.

Me acuerdo del viejo chiste del posadero a quien los huéspedes preguntaron si tenía pato salvaje. “No tengo –dijo–, pero si quieren les cabreo una gallina”. Sabía de política el del mesón. Cuando te dedicas arbitrariamente a cabrear a los más normales y moderados, estás fabricando radicales.

5. Resumen A: Cuando los nacionalismos periféricos tienen reivindicaciones “imperiales” o anexionistas, estas son políticamente inviables a la luz de un mínimo sentido común histórico y político.

6. Resumen B: Los nacionalismos periféricos han sido excitados por el nacionalismo imperial-españolista, quien, al estimularlos reactivamente, ha contribuido objetivamente a la debilitación actual del Estado español.

7. Resumen C: Las campañas de boicot a las cosas típicas de Cataluña o Euskadi no solo son una idiotez, sino que contribuyen a demostrar que el nacionalismo imperial-españolista no les considera españoles como los demás, sino como “pueblos sometidos” a quienes hay que perseguir y “arrodillar”, de modo que si en sus Estatutos autonómicos se dice algo que en los de otras Comunidades parece aceptable, para aquellos hay que prohibirlo, porque son súbditos a quienes tenemos que exigir sometimiento, etc… Y el truco es decir que están destruyendo a España, cuando es esa peculiar ¡EsPPPaña!  la que siente una absurda necesidad de verlos sometidos, ellos más que los demás.

8. El nacionalismo imperial-españolista es, pues, igual de radical que el peor de los otros y está sembrando discordia y cizaña entre los españoles.

Colega y tocayo mío Luis: me matizas que “es una trampa identificar al PP como único defensor del nacionalismo”. No solo no he dicho esto, sino que no lo puedo decir. He hablado de que quienes “pactan con nacionalistas” no son SOLAMENTE quienes pactan con nuestros nacionalistas públicamente reconocidos PNV, EA, ERC, CiU, CC, etc, (esta clase de pacto lo han hecho todos los partidos de ámbito nacional en uno u otro momento). Son TAMBIÉN (esto no lo queremos reconocer y formular así, he ahí la trampa) quienes pactan (lo digo ahora) con los nacionalistas imperial-españolistas, es decir, con Fuerza Nueva, diversos grupos vetero- o neo-falangistas, neonazis, racistas inconfesos, franquistas nostálgicos (ellos sabrán de qué), o gente simplemente inculta que tiene que pensar lo que le dijo su papá o todo lo contrario (que a veces puede resultar igual).

¿Por qué alguien pacta con esos peculiares nacionalistas? Pues porque necesita y por lo tanto acepta sus votos, y esto sí que lo está haciendo un sector del PP, con gran descontento de otro sector del mismo PP, que no tiene los arrestos de conseguir una limpieza, no étnica, pero sí ética y moral a favor de la necesaria derecha democrática.

Una observación para Chus. Ya sabemos que el nacionalismo francés, el del Reino Unido, el alemán son lo que son. Pero en lo que son no entra el buscar la guerra a sus propias zonas o regiones internas. el humillarlas, el desahogar a costa de ellas todas las frustraciones históricas desde el principio de la pérdida del imperio ultramarino hasta la guerra de Cuba y los ridículos desenlaces de Guinea y norte de África. Esos nacionalismos europeos no tienen tal cainismo interno. Pueden tener componentes racistas, y les asoman a menudo, como dices. Poseen componentes acríticos y hasta ridículos como el ejemplo que citas del Reino Unido. Pueden ser peligrosos para los extranjeros, pero no persiguen a sus propios ciudadanos.

He vivido, Chus, seis años mezclado en medio de la emigración española en un país de Europa Occidental y he palpado la situación de xenofobia. He llegado a recibir una orden de expulsión con muchas otras personas, orden que se consiguió neutralizar a base de puro movimiento ciudadano (movimiento de masa juvenil en solidaridad con los extranjeros, que ya lo quisiéramos ahora aquí).

Pero nuestro nacionalismo españolista no tiene parangón en esos países. Hay un único caso particular, que es el de Bélgica. Pero allí lo que no existe es el nacionalismo belga, ni imperial ni no imperial. Hay un país dividido en dos que pelean. Aquí sería como 22 millones de vascos mutuamente enfrentados con 18 millones de catalanes, y en medio unos cuantos desconcertados que habitarían la Capital de Europa apiñados alrededor de Barajas, como los de Bruselas salen y entran por Zaventem. Por cierto que la España imperial no es ajena a la historia que explica cómo pelean entre sí esas dos casi mitades de un país que en realidad no es tal.

9. España está metida en juegos peligrosos con esta feria de las identidades, y se echa de menos una elemental capacidad crítica para distinguir el sentido de lo que ocurre. Donde todos están borrachos todavía se puede distinguir que no hay dos borracheras iguales: a unos les dará llorona, otros folklórica, otros erótica, o violenta, o ambos a la vez… luego unos se acuerdan de lo que cantaron y otros no recuerdan nada de lo que hicieron. Te matizo a mi vez, Álvaro: tu cita de que “la barbarie ibérica es unánime” es una frase y nada más. De unánime, nada, si reconocemos el significado de la unanimidad.

10. Creo que lo que nos falta es seguridad fácil. Y el nacionalismo da seguridad fácil, más todavía si viene empaquetado con una religión fuerte. Caí por Libia, año 77, y lo que vi me hizo pensar que me encontraba en mi España de los años 40. En vez de Cristo Rey y Nuestra Señora de Fátima era el Ramadán, que coincidía en aquellos días. Un pueblo entregado a la observancia religiosa y un gran culto a la personalidad del líder. Todos se sentían en seguridad, con ideas claras y, ¡ojo no te detengan! (dos compañeros de mi grupo –éramos periodistas– fueron detenidos por haber hecho una amistosa foto de grupo en el puerto de Trípoli. ¡Había allá a lo lejos una instalación militar y la policía supuso que la foto era un acto de espionaje; en efecto, dominaban las ideas claras…).

Ahora tenemos una crisis de inseguridad, ideas confusas y encima nos flaquea la religión. Se ha hecho bien difícil aclarar el “de dónde vengo, y adónde voy”. Nos queda solamente responder al “quién soy”. ¡Es la ocasión para centrarse en la identidad! Y si la identidad es muy única y queda muy clara, ya se reposa en la ansiada seguridad. Los apóstoles del nacionalismo tienen mercado “asegurado”, cautivo… Es porque nos venden una droga que afecta a lo ciego y visceral.

Había preguntado ¿qué hacer? y me respondo: ser críticos y no dejarnos cautivar.

Solo una cosa más, Juanita. Es interesante lo que dices al final mencionando a los “de izquierda”. Pero de eso me propondría tratar otro día. Por hoy ya vamos servidos. Y pido perdón por la longitud.