Ruedas de molino – Luis Acebal

Curioso el mes de julio: la semana pasada los vecinos franceses han celebrado su fiesta nacional del 14 juillet. Ha sido el 222 aniversario de la toma de La Bastilla por el pueblo. Nicolás Sarkozy ha presidido el gran desfile y 9 cazarreactores trazaron sobre el cielo de París las franjas tricolores de la bandera.

Cuando sucedía aquella revolución no había justicia internacional. Ninguna instancia superior a un Estado podía juzgar crímenes cometidos allí. Fueron los propios ciudadanos quienes reivindicaron los ausentes derechos de la ciudadanía, y condenaron a los tiranos, no sin antes intentar entenderse. El Rey Luis XVI llegó a jurar la Constitución, juramento que el pueblo iba repitiendo frase a frase en el día del primer aniversario, 14 de julio de 1790, que inauguraba la fiesta nacional luego repetida hasta hoy.

Pero el Rey violó después su juramento, intentando huir y recabar apoyo extranjero para una guerra de reconquista que le devolviera el poder absoluto y matase la joven democracia. Le cazaron por el camino y, detenido con toda su comitiva, fue juzgado y ejecutado en enero de 1793.

La que condenó al tirano impune fue, pues, una justicia nacional, incubada durante siglos de absolutismo.

No había justicia internacional.

Damos un salto en el tiempo y llegamos al 18 de julio de 1936. Otro aniversario, aún festivo para algunos.

Guerra civil española (AP)

España había conquistado la democracia en 1931. Fue entonces, también un 14, pero de abril, cuando el Gobierno republicano había saludado desde el balcón de la Puerta del Sol. Aquel “Gobierno Provisional” era la concentración de un amplio abanico que reivindicaba los derechos del pueblo, desde la “derecha civilizada” (Miguel Maura lo ha contado) hasta la izquierda radical. El Rey en este caso había huido sin haber jurado nada; se había autoexilado no pudiendo asumir, desde la dictadura de Primo de Rivera, el panorama constitucional que se veía venir.

Y el 18 de julio viene la insurrección militar y falangista, confundida a fondo con  la religión. Tras la guerra más cruel, un largo recorrido de represión. El dictador totalmente impune desde el asesinato de Balmes, firma miles de penas de muerte en un terrible rosario que dura hasta las ejecuciones de septiembre, y también hasta octubre de 1975, cuando un vergonzoso tratado entrega a los

saharauis, que llevaban en el bolsillo el DNI de ciudadanos de España. Muchos miles de españoles sufren la represión durante esos largos 39 años, mientras otros muchos se dejan narcotizar en el crecimiento económico, olvidados de la libertad. Entonces se vivía bien: algo así dijo un día Jaime Mayor.

Tampoco había justicia internacional. Y la nacional estaba manipulada.

El 17 de julio, entre el 14 y el 18, hemos celebrado el DÍA DE LA JUSTICIA INTERNACIONAL.

Ahora ya hay Justicia Internacional. Criatura recién parida.

Llega muy tarde, pero está llegando. 116 Estados ya han ratificado el Estatuto de la Corte Penal Internacional  (el “Estatuto de Roma”, adoptado el 17 de julio de 1998). El último: Túnez, a fines del pasado junio. La de Túnez es una novedad significativa, síntoma de un principio entre estados árabes y del Mediterráneo Sir, hasta ahora ausentes.

Otros 23 países han firmado el Estatuto, pero aún no se animaron a ratificarlo. El hecho es que crímenes contra la humanidad cometidos por gobernantes impunes comienzan a ser perseguidos, a pesar de la escasez de medios con que cuenta este Tribunal y a pesar del boicot a que lo han sometido los Estados Unidos de América, desde que el Sr. Bush (junior) anuló la firma que había estampado sobre el Estatuto el Presidente Clinton en los últimos días de su mandato.

Pero a pesar de los pocos medios y del boicot, la Corte Penal Internacional (CPI) ya va adelantando sus primeros pasos. Ya ha pasado por sus prisiones más de un criminal impune, el último: Mladic. Otros están procesados, dictadas ya las debidas órdenes de busca y captura internacional.

La CPI solo actúa cuando los correspondientes Estados no quieren o no pueden actuar contra estos crímenes gravísimos, que por ofender al género humano en cuanto tal se denominan “crímenes internacionales”.

La Corte no está sola. Desde la misma primera etapa de negociación del Estatuto su lanzamiento vino y viene apoyado por una “Coalición de ONG por la Corte penal Internacional”. A esa activa Coalición pertenecemos bastantes millones de miembros de las ONG que la componen, desde la mayoría de los países. En Iberoamérica solo faltan por ratificar Guatemala, Nicaragua y El Salvador, una vez conseguida hace un par de años la adhesión de Chile. La Coalición se fija “países objetivo” de sus campañas para conseguir más respaldo internacional para la Corte, y los tres citados estados centroamericanos serán nuestro objetivo durante el próximo mes de septiembre. Respecto de los tres mencionados algunos estamos implicados en querellas de jurisdicción universal, desde la Audiencia Nacional española, sobre crímenes cometidos en Guatemala y El Salvador. En 2008 diversas ONG internacionales y países de toda América Latina firmaron una declaración en Guatemala presionando en la debida dirección.

La existencia de la CPI se armoniza y converge con el desarrollo de la Jurisdicción Universal sobre crímenes internacionales, ejercida desde tribunales nacionales. Lo que a mediados del siglo pasado comenzó en Núrenberg y Tokio, a finales del mismo siglo ha vivido un acelerón, iniciado con el caso Pinochet. Se trata de un instrumento concurrente con la CPI en una empresa de justicia donde todo esfuerzo es pequeño. Además, la jurisdicción de la CPI sólo se extiende sobre delitos cometidos a partir de julio de 2002, cuando el Estatuto de Roma entró en vigor.

Con la creación de las Naciones Unidas en 1945, la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948, y el resto de tratados internacionales que han constituido el Derecho Internacional de los Derechos Humanos, el S. XX ha podido ser considerado como “el siglo de los derechos humanos”, en el que han surgido los primeros ímpetus para la globalización del género humano en la perspectiva no financiera sino sencillamente humana, libre y solidaria, en toda su profundidad.

Parece claro que, en medio de tantos seísmos y tsunamis de las finanzas, frente al totalitarismo de “los mercados”, el siglo XXI está llamado a merecer el título de “siglo de la justicia internacional”. Hay tela cortada.

Y situándonos en nuestro más reducido patio europeo, en cualquier mes de julio, quienes pensemos en aniversarios los días 14 y 18 deberíamos entre ambos, el 17, tener presente este nuevo hito, el más  abierto al futuro: el Día de la Justicia Universal. Un aspecto más de lo que podrá ser un día la democracia real para todos los seres humanos iguales y sin discriminación.


Han sido largos años de tragadera francesa con la dictadura tunecina. Lo veían hasta los yankees, generalmente poco diestros para entender a otros pueblos.

Últimamente se han multiplicado y concretado las informaciones en el mismo sentido: Wikileaks permitió saber cómo era comidilla en los medios diplomáticos que el Embajador de Francia en Túnez parecía de hecho ser más bien el embajador de Ben Ali ante Sarkozy…

La Embajada Estadounidense informaba de posibles corrupciones individuales (por cierto no confirmadas) en esta sí evidente condescendencia cómplice de sus colegas franceses con la dictadura y la caza del 50% sobre lo que se mueve.
Más políticos e institucionales han sido ya hechos como que la casi recién nombrada Ministra francesa de Exteriores Michèlle Alliot-Marie (alias MAM) había ponderado cuánta ayuda podría Francia aportar a Túnez en materia de gestión de la seguridad interna, y todavía un poco más tarde, ya con gritos en las calles tunecinas, se les exportaba de urgencia una partida de material anti-disturbios.

Esto en paladino se llama meter “la pata hasta el corvejón”. Y como el Presidente de la República Francesa es un inmigrante rico y nada tonto, de pronto se huele la tostada y hace dos cosas. Una, cuando Ben Ali ya viene volando a refugiarse en su Francia amiga, le hace decir que aquí no te asomes (cerrado por reformas o algo así).

Y otra, como ya toda Francia está criticando cómo se ha comportado su Gobierno, el Presidente suelta el pretexto de que la potencia ex-colonial tuvo que ser muy discreta y respetuosa de la independencia tunecina, para que nadie pueda acusarla de injerencia en una ex-colonia. ¿Más injerencia que estar dejando que se machaque a toda la población, cooperando durante lustros con el dictador?

Eso, un enorme patinazo de la gran potencia de la Democracia y los Derechos Humanos. La potencia hoy tan mal vista por un pueblo que ha derrocado al opresor.

En fin, no vale la pena abundar más en esto; las críticas a la obtusa política exterior de Francia con países de su “área de influencia”, como es el caso de Túnez (y lo que venga) están en la mente de todos y no resultan novedosas.

Lo que, en cambio, resulta asombroso es que los españoles no nos apliquemos el cuento y a nadie se le ocurra traer a la mente el caso de nuestra querida Guinea Ecuatorial.

Están frescas las huellas de Moratinos y Fraga cogidos de la mano visitando a Teodoro Obiang. Era julio de 2009 (creo que no se quedaron hasta el 18) y tras algunos lógicos remolinos provocados por algunos asombrados se cruzaron los discursos. Tomo unas líneas del pasmado relato del diario PÚBLICO, 11-07-09, que nos pueden ambientar:

“Moratinos precisó en su discurso ante Obiang que la España de hoy <>, y subrayó su potencial económico y su papel de vanguardia en la defensa de los derechos humanos en el mundo”.
Podría entenderse que nuestro Ministro no consideraba entonces a Guinea Ecuatorial como parte de ese mundo donde España defiende los derechos humanos, porque lo que es allí….

Nuestros dos políticos exhibían entonces un raro consenso, tan difícil de conseguir en cualquier otra cuestión de política interna, y se convertían en una “ridícula y terrible pareja artística”, por citar la expresión de un destacado líder de la oposición guineana en el exilio.

Es cierto, se juntaba allí por una parte la creativa y singular “marca España” en materia de descolonización, desarrollada en el tercer cuarto del siglo XX, por el sencillo método del “ahí te quedas” llegado a su apogeo en el “tratado” de Madrid de 1975. Y por otra parte el coqueteo bonachón con “lo que haya”, desarrollado por los los gobiernos de la ex-Metrópoli a imitación de otras potencias tolerantes con los saqueos de la oligarquía local.

Uno se pasa la vida diciendo que no se puede estar poniendo los intereses (las “áreas de influencia” del uno, y la “ambición económica y totalitaria” del otro) por delante del carro de los derechos. Y te llaman de todo, desde buenista idiota hasta marciano estúpido, porque no comprendes bien la necesaria e inexcusable Realpolitik. Hace poco alguien me contaba que, a juicio de algún responsable diplomático, en Guinea era “inoportuno e inútil hablar de democracia”. No se daba condición alguna para ello. Habría que dejarlo ir y esperar.

La verdad es que Francia ha esperado bastante en Túnez, sin que le haya servido de mucho, y España en Guinea no se queda corta.

Puestos a medir esta clase de espera, hace muy poco ha caído casualmente en mi monitor un artículo (“Tribuna”, de El País, con la firma de Juan María Bandrés), del que cito un par de fragmentos:

“Los asuntos que atañen a esta pequeña república africana, sobre la que España acumula varias responsabilidades (histórica, cultural, política), parecen ser lamentablemente objeto de mucha menos atención que la que podría argumentarse [...]. Buena parte de la responsabilidad reside en la historia de actitudes vacilantes e inhibitorias que los sucesivos Gobiernos españoles han ido acumulando. Sin embargo, la oposición democrática de Guinea, al igual que la mayoría del pueblo, tiene precisamente como principal punto de referencia a la democracia española.”

“No parece exagerado pedir una actitud enérgica del Gobierno español frente al Gobierno guineano, dando a conocer públicamente la exigencia de las garantías democráticas, y una posición decidida y pública que busque la coordinación de las acciones de la comunidad internacional para intentar su cumplimiento y la realización de unas elecciones verdaderamente libres y democráticas. A la vez, debe considerarse un deber inexcusable la solidaridad moral y material con una oposición democrática que lucha en condiciones verdaderamente duras y difíciles y representa el futuro democrático de Guinea Ecuatorial.”

Esta “Tribuna” publicada el 31 de julio de ¡1993! además de la firma de Bandrés, personalidad importante y quizá desconocida por muchos lectores más jóvenes, venía suscrita por otras personas, varias de las cuales ocupan y/o han ocupado en España puestos de notable responsabilidad diplomática, políica, económica, social. Eran Javier Rupérez, Julio Segura, Josune Aguinaga, Carlos Alonso Andión, Adolfo Fernández Marugán, Miguel Mac Veigh, Jordi Jaumandreu, Fernando Oliván, Jaime Pastor y Marisa Urquijo, miembros todos ellos de la Asociación para la Solidaridad Democrática con Guinea Ecuatorial.

Ya ven ustedes: en 1993 este montaje totalitario ya estaba bien asentado cuando estos honestos ciudadanos denunciaban las vacilaciones e inhibiciones de “los sucesivos Gobiernos españoles”.

En efecto, ya hacía 14 años que en agosto de 1979, meses después de nuestra Constitución democrática, Teodoro Obiang había entrado en la historia como un toro que sale del toril, dando un golpe de estado y estrenando sus maneras con la ejecución mortal de su predecesor.

Ante esto Ben Ali, mayor que Obiang, resulta casi tímido. No da su golpe de estado hasta 1987 y a Bourguiba no lo mata: solo lo encierra hasta que fallece tres años después.

En fin, ninguna disculpa para ninguno de los dos. En cuanto a España, con 32 años de vacilaciones e inhibiciones… mucha Realpolitik parece. ¿Con qué resultados? ¿Qué estúpida cara pondrá España si un día, sin comerlo ni beberlo ella, el pueblo guineano se revuelve hacia la justicia y la democracia y depone al dictador?

Desde que leímos a Pedro Laín Entralgo sabemos que no es justo confundir sin más la espera con la esperanza. No, hay esperas que conducen a otros a la desesperación.