Ruedas de molino – Luis Acebal

Querido y viejo amigo Joan:

He leído con emoción tu artículo “Auto de fe ante el Tribunal Supremo”. Con emoción por su carácter sistemático, su argumentación masiva, su acierto en las citas de los unos y los otros; por su sentido del derecho de la humanidad y su respeto de la justicia no incendiaria, por cómo muestras que lo que ahora se nos ha presentado en auto de fe es otra cosa: “infimum ius, summa iniuria” (exceso de justicia, exceso de injusticia).

Me ha venido a la cabeza, leyéndote, algo que vengo pensando, dándole vueltas, desde hace una temporada.

Pensando vengo qué habría sucedido en Alemania si Adolf Hitler hubiera ganado la guerra. (Digo en Alemania por circunscribir la cuestión a efectos comparativos, porque en esa fatal hipótesis también se podría imaginar lo que habría acontecido en Francia, en Gran Bretaña, Holanda, Noruega, Polonia, etc, etc).

Pero pensemos en Alemania, como en una muestra de laboratorio. Allí se habría desarrollado la adoración al vencedor, se estaría glorificando la Alemania Imperial, con águila y todo (allí bicéfala). Sería una Alemania Una y más Grande, anexionada definitivamente aquella reliquia del “Imperio del Este” que hoy llamamos Austria, y grandes pedazos de los otros países, con los Sudetes bien incorporados, etc.

Allí estaría el judaísmo fuera de la ley, se habría desterrado a los negros, los indios. Las empresas propiedad de cualquiera de esos grupos y razas habrían sido confiscadas. Los alemanes cuya convicción nazionalsocialista hubiera dado señales de flaqueza habrían sido encerrados o exilados. Sus hijos encomendados a familias intachablemente arias. La educación transmitiría las consignas, los cantos, la heroica historia del nazionalsocialismo. Allí nunca habrían existido campos de concentración, que eran un mito calumnioso surgido de mentes extranjeras judías o judaizantes, de los enemigos jurados des deutschen Volkes.

Pero a la vuelta de los años mucha gente se estaría cansando de vivir con un silencioso amargor y experimentaría una frustración o complejo de haberse salido de la historia. Envidiarían a los países cultos y más libres, sin censuras ni leyes del embudo. Muchos habrían podido conectar con lejanos parientes exilados, o con peligrosas emisoras de perversión antipatriota. Todos esos contactos relatarían, incluso demostrarían, cómo se puede vivir de otro modo. A los alemanes crédulos de estas patrañas se les trataría muy duramente, con las leyes de hierro del sistema victorioso. Cuando se hacían clandestinos también se les perseguía hasta el catre, de madrugada, mediante una eficaz brigada policial. Se les juzgaba y encarcelaba sin piedad.

Mas supongamos ahora que, agotado de vivir en tal paraíso, Don Adolfo hubiera fallecido, por ejemplo en 1981 a la edad de 92 años, postrado sobre su lecho imperial. Entonces, tras gigantescas exequias, filmadas por un nieto de Leni Riefenstahl, habría aparecido un joven traidor inteligente, salido del sistema como un Jaruzelski cualquiera, dispuesto a hablar con “los buenos”, los nazis de ala corta, porque otros ya no había, y con los no tan buenos, los castigados y presos. Este joven tendría la intuición de que estos reprimidos traían un mensaje de más futuro para una Alemania carente de recambio para el gran líder, necesitada de convertirse en un país normal. Es más, quisiera reconocer como normal aquello que ya se venteaba en las calles del Reich.

Entonces el traidor inteligente convencería a los buenos de la película, nazicortos ellos, de que Alemania necesitaba unirse para entrar en buenos tratos con los otros países, lo que traería toda suerte de ventajas económicas por supuesto, pero también de afirmación de modernidad social y democrática, vista la moda demócrata, un poco absurda, es cierto, pero aparentemente muy apreciada en el mundo anglosajón, en la misma Francia, tan sexy, en los Estados Unidos ya repuestos de una guerra perdida sin ton ni son, etc, etc.

Pudo por fin tener éxito el traidor inteligente, les convenció incluso de que algunos judíos podrían ser legalizados, también algunos comunistas supuestamente moderados. Incluso unos y otros estarían mejor mantenidos bajo control, que no medio ocultos y agresivos. Y les vendió la idea de perdonar a los que estaban castigados y encarcelados, y hacerlo con una ley, que les daría confianza para entenderse los otros con los unos. Así Alemania se hacía país democrático. Se pactaron muchas cosas por aquello de entrar en la historia y exportar mejor.

Eso sucedía por fuera. Bastaba una cierta apariencia, pues los nazicortos seguían allí, nada convencidos de lo que ellos mismos hacían, solo pensando en vender más. Seguían diciendo que los judíos esto y los negros lo otro, pero en baja voz; y seguían ocupando la mayoría de sus antiguos puestos, los unos de banqueros, los otros de profesores, los de más allá oficiales o jueces, o políticos de un partido nacional (no nacionalsocialista, que era cosa hortera), que ya se escribía con c en vez de con z (se parecía mucho a lo de antes, aunque contemporizando por mor del progreso y el interés).

Con D. Adolfo vivíamos muy bien y a gusto, decían entre ellos, pero parece que se acabó y hay que transigir, un poco nada más.

Y dándole vueltas a todo esto, me digo: pero querido Joan, ¿de qué nos asombramos? Aquí la guerra se ganó. A nadie desnazificaron. Es de lo más natural lo que nos pasa. Nos circundan quienes vivían tan cómodos con las “evidencias” de la victoria.

Casi diría que vamos a mejor, porque ya se ve todo más claro, quién es quién.

Pero el dichoso interés, el haber hecho todo por dinero, eso puede ser la tumba de los unos y de los otros, que somos nos.

La tumba de nuestra sociedad. La llegada de un liderazgo vacío.

“El jinete sin cabeza”, que aterrorizaba mi infancia cuando hace más de 60 años veía aquella película el niño que todavía soy yo.

Gracias y un abrazo, Joan