Ruedas de molino – Luis Acebal

Está de moda la Ley anti-tabaco en lugares públicos. Crece la publicidad de métodos para dejar de fumar. Algunos amigos te dicen que quieren hacerlo y buscan ayudas varias para aprovechar la ocasión. Te preguntan cómo hiciste para llevar 21 años sin tocarlo, después de estar fumando dos paquetes diarios durante otros muchos años más.

Ocasión para recordar que el tabaco es una droga. Por eso me acaban de enseñar que no se debe decir “tabaco, alcohol y drogas”, sino “tabaco, alcohol y otras drogas”. Es un razonado consejo que encuentro en una interesante “guía de estilo periodístico para ampliar y mejorar la información en materia de drogas y otras adicciones”. La está presentando la Asociación Proyecto Hombre en diversas sedes suyas en toda España.

El Proyecto hombre se queja de que muchas veces en los medios de comunicación no tratamos el tema de las drogas de manera positiva. Por eso han pensado que necesitamos criterios para mejorar el lenguaje sobre las drogas y nos regalan este ejemplar. Ciertamente no es baladí el pensar que según qué palabras se emplean para designar a alguien o algo, en la sociedad se va condicionando la visión (y después la opinión) sobre ese alguien o algo. Un elemental respeto exige hablar con propiedad. Sobran expresiones despectivas, sobra hablar de “drogatas”, “yonkis”, “enganchados”, etc. La persona adicta a una o varias drogas merece para empezar todo ese respeto como tal persona que tiene capacidad y puede salir adelante.

Lo de la droga no es mera cuestión individual. Concierne a la sociedad. Y sin embargo en la sociedad cada vez nos ocupamos menos de ello. No nos damos tanta cuenta como antes: la cuestión de la droga está perdiendo visibilidad para la gente.

Las estadísticas del Observatorio sobre las drogas miden los porcentajes de gente que declara haber visto en su barrio determinados signos de la presencia del consumo de las drogas: jeringuillas por el suelo, personas inyectándose, vendedores, “drogodependientes tirados”, etc… Pues bien, en los últimos años, exceptuando que se sigue percibiendo a los vendedores, todos los indicadores han experimentado acusados descensos de percepción social, sin duda por el retroceso de la heroína, que siempre ha sido la más aparatosa en signos externos.

Estos datos permiten comprender esa caída del problema de la droga en el ranking de mayor preocupación para los españoles. Si en los primeros años 90 este era el problema número tres por orden de importancia, hoy anda en torno al puesto 16 o 17 según información facilitada por Francisco Recio, Director General de Proyecto Hombre.

Pues bien, mal que nos pese el consumo de droga crece entre nosotros, con la dicha excepción de la heroína. Hay, pues, más droga y los ciudadanos lo notamos menos. La adicción penetra el cuerpo social donde cada vez hay más personas que no la dejan ver fácilmente. “El perfil del consumidor ha cambiado. En la mayoría de los casos, ya no se trata de personas con perfiles desestructurados, sino de consumidores con perfiles socialmente integrados que compatibilizan su adicción con una vida social y laboral normalizada”.

Estos nuevos perfiles se manifiestan también en el crecimiento de algunas combinaciones que están siendo estudiadas: qué porcentaje de consumidores de una determinada droga consume también tales otras, medidas una por una. Así, por ejemplo se nos hace notar el crecimiento notable del emparejamiento entre cocaína y alcohol. Es un ejemplo.

El mundo de la adicción desborda también el del consumo de productos químicamente analizables. Se hacen notar las ludopatías, o las adicciones al sexo o también a las nuevas tecnologías, con la consiguiente necesidad de nuevos programas de tratamiento. Aparece asimismo la combinación del consumo de una droga interaccionando con patologías de tipo dual que añaden la necesidad de tratamientos más complejos en la medida en que revelan problemas más profundos de integración de la personalidad. La propia estadística interna de Proyecto Hombre ha atendido en 2009 a 1.454 de estos casos de trastorno dual, un 7,5 % del total de los usuarios incorporados en sus programas (casi 19.500).

Salir de la adicción a la droga es un deseo sentido por cualquier adicto. Pero el esfuerzo para conseguirlo sin otra herramienta que la propia voluntad es realmente muy arduo, porque toda adicción tiene cualidades de círculo vicioso, de ritual siempre insaciable, siempre reclamando repetición. Es cierto que nadie sale sin esfuerzo, y que este suele necesitar un apoyo, una ayuda del exterior. Organizaciones de tipo asociativo, alcohólicos anónimos o Proyecto Hombre, por citar a estas dos entre otras trabajan sobre dos teclados: prestan apoyo y a la vez estimulas el esfuerzo personal.

Un apoyo de importancia repetida es el que procede de la familia, como testigos personal, afectiva y efectivamente implicados. El que emprende el esfuerzo hercúleo de buscar salida necesita saber que alguien le está mirando, no para vigilarle, sino para acompañar, estimular y admirar su tarea, su constancia. La persona afectada trepa, pero sabe que alguien se interesa, le está mirando, le hace una permanente foto.

Hasta tal punto es importante el apoyo familiar, que junto a los que se acercan al tratamiento por iniciativa personal hay una alta proporción de usuarios de los servicios de una organización como Proyecto Hombre que llegan allí impulsados por la sugerencia de sus familias. (Otros llegan por prescripción judicial, aunque también puedan contar luego con sus familias).

Es más, ha sido necesario crear una línea de trabajo especializada que se dirige a las adicciones cuyos sujetos carecen de apoyo familiar. Son un porcentaje menor (5,3 %) en la estadística de Proyecto Hombre, pero se encuentran en una proporción mucho mayor en la sociedad en general.

Realmente el problema de la droga y las adicciones tiene carácter claramente social, ya de entrada en cuanto afecta a todas las personas que rodean al adicto, desde el caso en que la persona afectada es un hijo o hija hasta el extremo opuesto en que se trata quizá del mismo cabeza de familia. Es grave caer en la tentación de considerarlo como una cuestión puramente individual, y no digamos de cargarlo todo con distintas connotaciones morales que redundan en la consideración del adicto como un individuo sospechoso, o de segunda, o peligroso, y no como una persona afectada patológicamente y abocada, salvo curación suficiente, a importantes deterioros. La actual extensión del consumo de cocaína presenta la dificultad de que a primera vista se percibe menos ese deterioro de la persona, el cual termina apareciendo cuando ya la destrucción se hace muy grave una vez que el consumo se ha ido prolongando durante años.

No hay mafia buena. Mas la que obtiene inmensos beneficios a base de engañar a personas que, quizá ingenuamente para comenzar, sienten una atracción por las nuevas sensaciones y por el halo de la transgresión que otro les ofrece, esa mafia es la peor de todas y con frecuencia alimenta a las demás. Por lo demás es sabido que el “apostolado” proselitista de mano en mano suele venir ejercido por personas individuales que, víctimas ellos mismos de la adicción, encuentran en la distribución del producto el modo de cobrarse la “comisión” para financiar su propio consumo.

El deterioro de la persona es el primer problema humano es esta cuestión. La obsesiva necesidad de financiar su nada barato consumo arrastra además hacia el delito. En nuestras prisiones es incómodo contar cuántos han delinquido en el marco de su búsqueda de droga. Mucho más práctico y sencillo es contar el mucho más bajo porcentaje de los reclusos que llegaron al mundo penitenciario sin haber tenido nada que ver con esto.

Todas estas cosas son bastante sabidas, pero los estudios dicen que son poco a menudo recordadas por quienes las sabemos. Nos resulta más fácil despreciar a las víctimas y mirar para otro lado.

(1) Comentario

  1. Augusto

    Parece evidente que los métodos de lucha contra la droga no están dando ningún resultado hasta el momento. Aunque alguna droga disminuya, como dice el artículo, las demás aumentan.
    Creo que hay que atreverse a abrir el debate sobre una despenalización prudente y gradual. Es decir, no se trata de vender drogas libremente en los estancos sino de lograr acuerdos internacionales amplios para sustituir el enorme poder de las mafias por una dispensación regulada que permita eliminar sus efectos colaterales, como los delitos dirigidos a financiar su consumo.

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