Ruedas de molino – Luis Acebal

Cavilaciones sobre una lectura de verano

Manejaba en este agosto un buen libro de Amartya Sen, comprado en inglés por esos mundos. Ahora lo veo aquí traducido por Katz Editores: “Identidad y Violencia. La ilusión del destino”.

“La misma persona – constata Amartya Sen– puede ser, sin contradicción alguna, ciudadana estadounidense, de origen caribeño, con antepasados africanos, cristiana, liberal, mujer, vegetariana, corredora de fondo, historiadora, maestra de escuela, novelista, feminista, heterosexual, creyente en los derechos de gays y lesbianas, aficionada al teatro, activista pro ecología, fan del tenis, toca música de jazz y está convencida de que hay seres inteligentes en el espacio exterior, con los que corre prisa comunicarse (preferentemente en inglés)”.

Cada uno de esos rasgos de su identidad la relaciona con otras variadas colectividades de personas, a las que ella pertenece simultáneamente. Como es cristiana, la bautizo: pongamos que se llama Sally.

Ninguna de esas pertenencias a un grupo determinado agota la identidad única de Sally. Ella se identificará según todos los rasgos plurales de su ser, aunque ella puede naturalmente decidir cuál es la importancia relativa de tal o cual pertenencia o afiliación de grupo. Por ejemplo su profesión de maestra tiene para ella un peso muy especial, y como licenciada en historia le interesa enormemente el pasado africano de los últimos cinco siglos. Esas preferencias le conducirán a relacionarse especialmente con determinados grupos a los que se ve como “afiliada”. Es libre para hacerlo. Elegir y razonar es esencial en el ser humano.
Caso muy distinto es el de quienes cultivan (o “les cultivan”) un solo rasgo identitario que se va presentando a su conciencia como único. Si una de estas personas acepta casi obsesivamente que todo su ser se explica por un solo rasgo y todo lo que no es eso ya no tiene que ver con su persona, entonces será candidata o candidato a convertir esa pertenencia en algo sectario. Así por ejemplo Sally se identificaría únicamente como vegetariana, olvidando todo lo demás.
Una identidad, hecha “única”, puede hacerse beligerante y excluyente, porque oculta y rechaza todo lo demás. En la vida de Sally perderán relieve el Caribe, la novela, la posición sexual, la historia.,… Nadie podrá convidarla a comer si no se atiene a su dieta. En la escuela enseñará todo y solo aquello que se concilie con el vegetarianismo y dará historia… del vegetarianismo.  Cuando el director la reprenda, ella se rebelará contra él y le acusará de que la critica para defenderse, porque él come carne, qué horror. Los no vegetarianos formarán para ella una masa agresiva que la persigue y que será culpable de cualquier mal que la afecte. Ella a su vez se “defenderá” de ellos con todos los medios de que disponga, incluida la violencia. ¿Se habrá vuelto loca?
Efectivamente, una identidad asumida tan obsesivamente tiende a convertirse en violenta, a veces incluso frente a otros miembros más moderados del mismo colectivo, que por no considerarlo de modo excluyente serán tachados de traidores a la esencia vegetariana.
Resumimos elementos del ejemplo. Una identidad asumida como única y  excluyente:
a) empobrece a la persona, haciéndola olvidar sus demás rasgos reales, de los que va prescindiendo consciente o inconscientemente.
b) Es generadora de síntomas paranoicos, desarrollando delirios de grandeza y/o manía persecutoria. La persona no solo se empobrece, sino que va perdiendo la razón.
c) La identidad única es beligerante, fuente de violencia fundamentalista. Se considera llamada por el destino para dominar todo con “su verdad”. Su visión se hace casi “imperial”.
Estas reflexiones que me hice a partir de un párrafo de Amartya Sen, me llevan a profundizar la idea de que todo nacionalismo radicalizado contiene estos gérmenes de identificación cultural, o también política, si uno se reconoce a sí mismo únicamente como estadounidense, francés, castellano… o lo que sea.
Tal idea del nacionalismo la ejemplifican en España los que llaman “nacionalismos periféricos”: Cataluña y Euskadi para empezar.
Pero mi reflexión va más allá. Tengo el privilegio de haber sido educado en medio del franquismo puro y duro. Digo privilegio porque he podido conocer bien aquello que en mi mente  y conciencia personal he tenido que esforzarme por desmontar.
Es el “nacionalismo imperial-españolista”. Con ese nombre lo he bautizado yo. Y se trata de algo especialmente grave.
Es delirio de grandezas:
Se alimenta nostálgicamente a base de entelequias, por el Imperio hacia Dios, el sol no se pone en los dominios, somos los mejores (con un tremendo complejo de inferioridad que se nos escapa por todas las rendijas), cayó Boabdil,  de Isabel y Fernando el espíritu impera, Colón era español, obra evangelizadora, un imperio y una espada, guerra de África, unidad de destino, gloriosos caídos, “España por el Papa” (“y el Papa por España”, respondió Pío XII), sacaremos petróleo de las pizarras de La Mancha, España antes roja que rota, España es lo mejor, furia española y gol de Zarra, nuestra sagrada bandera, prietas las filas, Cataluña no será si no es nuestra, igual  las Vascongadas, igual Gibraltar…
Y es manía persecutoria:
Dice el “nacionalismo imperial-españolista”: fuera judíos, fuera moriscos, fuera protestantes, fuera masones, fuera rojos, fuera partidos políticos, falsos inventos de la leyenda negra,  el comunismo internacional, el oro de Moscú, la Virgen del Pilar no quiere ser francesa, unidad, unidad, no nos entienden, nos boicotean, la explosión del Maine, depuración, deportación, Tarancón al paredón, que mueran o se larguen.
Quien sintoniza con todo esto, ve claro todo esto, lo comprende e incluso lo añora (“entonces vivíamos bien” Jaime Mayor dixit) deja circular la paranoia por sus venas.
Pero aquí viene lo más gordo. Es que los “radical-periféricos” solo quieren independizarse y bastarse a sí mismos.
Mientras que, en cambio, el nacionalismo imperial-españolista lo que busca es que la otra gente se le someta. Boicot al cava nacionalista, que se fastidien pero no se separen, porque tienen que someterse.
Hoy el imperial-españolismo es para muchos inconsciente, culpablemente inconsciente en muchos casos. Hace creer que los únicos nacionalistas son catalanes, vascos, etc.
En España la mayoría se ha tragado esta idea. Cree que solo hay nacionalistas en la periferia. Y más de medio país se encuentra cogido en esta trampa. Así, cuando se dice que un partido ha pactado con “los nacionalistas”, se piensa en CC, o Bloque, CiU, ERC, PNV y no en el españolismo.
Pero los imperial-españolistas siguen ahí. Muchos son medio pobres adiestrados para defender intereses de ricos. La entrada en la Unión Europea, aceptada por motivos pragmáticos, no ha sanado esta llaga. Ahí se han quedado, con el  orgullo de las esencias patrias, envueltos en la bandera. ¡Viva EsPPPáña! ¡Arriba EsPPPáña!
Ahí está nuestro problema: varios millones de españolazos impenitentes entre nosotros. Son españoles y nada más, fuera todo el resto. Y hay políticos que pactan cada día con ellos y se aprovechan de ellos. ¿Cuándo se darán cuenta de que ese nacionalismo es el más perverso y pernicioso entre todos y sobre todos? ¿Qué podemos hacer?